islas columbretes

Muchos países se vanaglorian de tener infinidad de paraísos acuáticos: la isla de Oia en Santorini, Maui, un auténtico paraíso natural del archipiélago hawaiano, pero en España, y más en concreto en la Comunitat Valenciana: las Islas Columbretes

Las islas Columbretes, un archipiélago volcánico y remoto

Un faro situado en lo alto de la «Isla Grande» o la «Illa Grossa» es el guardián de Columbretes, un archipiélago de islas declarado parque natural desde hace un cuarto de siglo -1984-, con una superficie emergida de 19 hectáreas y una reserva marina que rodea el archipiélago, con una superficie protegida de 5.543 hectáreas.

Ahora es un punto de información de los barcos que arriban a los puertos de Castelló. Su funcionalidad actual proseguirá y, afortunadamente, queda completamente descartada la incorporación de alguna oferta turística dada su protección ambiental.

Su aislamiento y excelente estado de conservación propicia la preservación de especies animales y vegetales escasas en el resto del Mediterráneo como la gaviota de Audouin, el halcón de Eleonora o la escasísima reseda hookeri, así como un número considerable de especies únicas en el mundo como la lagartija de Columbretes o la alfalfa arbórea.

La noche de los tiempos

El nombre de este archipiélago volcánico proviene de la impresión de los primeros navegantes, griegos y latinos, que las incluyen en sus cartas con el nombre de Ophiusa o Colubraria, admirados por la abundancia de serpientes que allí encontraron. Visitadas únicamente por pescadores, contrabandistas y piratas hasta principios del siglo XIX, la colonización del archipiélago se produce a mediados del siglo XIX con la construcción del faro de la isla (1856-1860). La acción antrópica sobre las islas, con la llegada de los fareros, supone un drástico cambio en el medio hasta entonces casi virgen.

De sus 155 años habitado guarda multitud de anécdotas históricas, entre las que cabe destacar las durísimas condiciones de trabajo de los fareros que operaban a finales del siglo XIX; las malísimas comunicaciones con la península, a principios de siglo XX, únicamente posible con un vapor –“Destellos”-; el desalojo de sus trabajadores, en plena guerra civil para ser ocupadas… En definitiva, la relación del hombre con las Islas Columbretes siempre ha estado regida por la constante adaptación a un medio duro, gobernado por una naturaleza pura e inhóspita.

 

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Oasis mediterráneo

Las Columbretes se presentan como uno de los pequeños espacios insulares de mayor interés ecológico del Mediterráneo. Están formadas por una serie de islotes y escollos situados a 30 millas de la costa de Castellón –aproximadamente 56 kilómetros-, y reunidos en 4 grupos, a los cuales les da nombre la mayor de cada una de sus islas: l’Illa Grossa, que es la única habitada, la Ferrera, la Foradada y el Carallot.

El fondo marino de Columbretes se sitúa a 80 metros de profundidad y representa el mejor ejemplo de vulcanismo de nuestra tierra. Destaca l’Illa Grossa, formada por diversos cráteres encadenados, y el Carallot, que, con sus 32 metros de altura sobre el mar, es el testimonio geológico de los restos de la chimenea central de un volcán.

Rica biodiversidad endémica

Las plantas aprovechan las escasas lluvias para florecer y dispersar las semillas con rapidez. Entre marzo y principios de junio, dependiendo de la lluvias, el archipiélago experimenta
una explosión de vida, donde el visitante puede disfrutar de una gran amalgama de colores y olores variopintos.

Columbretes es un oasis con destacados endemismos vegetales y animales. Entre los primeros, cabe citar el mastuerzo marítimo de Columbretes (Lobularia maritima columbretensis) y la alfalfa arbórea (Medicago citrina). Sin embargo, a la riqueza vegetal de las islas contribuye notablemente especies como el sosa fina (Suaeda vera) que cubre mayoritariamente “l’Illa Grossa”, así como otras singularidades como la zanahoria marina (Daucus gingidium), el hinojo marino (Crithmum maritimum), el cambrón (Lycium intrincatum) y la paternostrera (Withania frutescens).

Sin embargo, quizá el mayor atractivo para el neófito visitante sea la gran riqueza faunística que alberga el archipiélago, estando dominado por numerosas colonias de aves marinas nidificantes. La gaviota de Audouin, la pardela cenicienta, el halcón de Eleonor y el cormorán moñudo, encuentran en estas islas el único punto de nidificación de la Comunidad Valenciana y uno de los reductos mejor conservados del amplio Mediterráneo. Otro aspecto de interés faunístico son los diez insectos endémicos que tienen su hábitat en este ecosistema valenciano. Sin embargo, el mayor atractivo de las islas lo constituyen sus fondos marinos.

La complicada topografía de esos fondos marinos, llenos de escollos, bancos y bajos es el refugio natural para muchas especies sobreexplotadas por la pesca en nuestro mar. Además de una excepcional riqueza de especies y variedad de comunidades bentónicas, aparecen singularidades como el coral rojo y el alga Laminaria redriguezi, muy escasa en nuestro mar.

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