• Se trata del primer trabajo del mundo de estas características
  • El trabajo aporta “una pieza esencial del puzzle” para estimar la capacidad de adaptación de los cetáceos del Ártico a las alteraciones del ecosistema, dicen los autores.

Valencia, 30 de enero de 2019. Investigadores de la Fundación Oceanogràfic, en Valencia, lideran un trabajo internacional que mide por primera vez la capacidad respiratoria de las belugas, gracias a la participación voluntaria de nueve de estos animales en tres centros oceanográficos en Valencia, Tejas (EEUU) y Vancouver (Canadá). El trabajo se publica en la revista Respiratory Physiology & Neurobiology.

    El Ártico se está calentando entre dos y tres veces más rápido que la media del planeta por el cambio climático. Las consecuencias las sufren, entre otras muchas especies, las belugas, de las que ya hay evidencias de que estarían buceando más a menudo y a más profundidad para comer. Para saber si estos cetáceos podrán adaptarse hay que estudiar en detalle su fisiología, algo muy difícil en el medio natural.

“Es la primera vez que disponemos de información detallada sobre la respiración de las belugas”, explica Andreas Fahlman, investigador de la Fundación Oceanogràfic y primer firmante del estudio. “Nos ayuda a entender su fisiología, su comportamiento en condiciones normales y, por tanto, nos permitirá detectar cuándo los animales están sometidos a condiciones de estrés o enfermos”.

“Esta información es una pieza esencial del puzzle, si queremos saber si las belugas pueden invertir más energía en buscar alimento en un contexto de cambio climático”, añade Fahlman, autor de gran parte de los escasos trabajos publicados sobre función respiratoria en cetáceos.

Centinelas del cambio climático

Las belugas (Delphinapterus leucas) son cetáceos dentados -odontocetos- adaptados a vivir en un mar helado. Son totalmente blancos, con un sistema de ecolocalización -un radar- muy sensible con el que encuentran respiraderos en la placa de hielo. Pueden bucear en apnea a más de 700 metros, para alimentarse sobre todo de peces, crustáceos y otros invertebrados del fondo marino. Su posición en la cadena trófica los convierte en centinelas de la salud de todo el ecosistema y, por tanto, en indicadores del impacto del cambio climático en la región ártica.

Como explica Fahlman, “las belugas podrían ser especialmente vulnerables a alteraciones del ecosistema debidas al cambio climático, como una menor variedad de las presas o cambios en su distribución”.

Estudios con belugas en el medio natural han hallado indicios de que algunas poblaciones estarían dedicando más tiempo del habitual a buscar alimento, desplazándose a más distancia o alterando sus hábitos de buceo. Si esto se confirma, y en un contexto de deshielo acelerado del Ártico -las últimas medidas alertan de un 50% más de agua de deshielo desde la era preindustrial, la mayor parte del aumento producido en el siglo XX-, las belugas estarían sometidas a una presión creciente.

Participación voluntaria

Para estimar la gravedad de la amenaza y determinar qué condiciones ambientales quedan más allá de los límites fisiológicos de estos mamíferos marinos “es crucial que entendamos el funcionamiento de su sistema respiratorio y cardiovascular”, dice Fahlman.

El que se publica ahora es el primer estudio sobre función respiratoria en belugas y tiene la peculiaridad de que se lleva a cabo con animales que participan voluntariamente en la investigación. Es un detalle importante, porque reduce la posibilidad de que las medidas reflejen el comportamiento estresado del animal, en lugar del fisiológico.

Los investigadores se basaron en equipos de medida de función pulmonar en humanos para desarrollar un instrumento específico para este estudio, el denominado neumotacógrafo cilíndrico, un sello de silicona quirúrgica que se coloca sobre el espiráculo de las belugas. Los animales fueron entrenados durante meses para respirar en este dispositivo siguiendo las indicaciones de sus cuidadores. El objetivo era medir el volumen y el flujo de gases inspirados y expirados durante la respiración. Participaron en el trabajo nueve belugas, tres machos y seis hembras de entre ocho y más de 35 años de edad. Dos de ellas viven en el Oceanogràfic, en Valencia; cinco en el centro SeaWorld de San Antonio, en Texas (EEUU), y dos en el Acuario de Vancouver (Canadá). “En todo momento los animales podían dejar de participar en las medidas simplemente alejándose”, escriben los investigadores.

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